viernes, septiembre 22, 2006

3.9 El día de la bici

Al día siguiente le pregunté a la rubia donde podía alquilar una bici y ella lo hizo por un dólar, la mitad de lo que me costaba en otro sitio. Su hijo me sacó una estructura metálica con dos ruedas, un plato, un piñón y un freno, el delantero. El sillín no lo he nombrado porque era parte de la estructura metálica. Fijándome, pude observar que la mayoría de las bicis tenían el mismo aspecto, de hecho, sólo tenían el freno delantero porque necesita menos cable que el trasero y como me diría más adelante Moisés, en Cuba es más difícil conseguir un poco de cable que una entrevista con George W. Bush. Al subir a la bici, automáticamente, como si llevase una radio incorporada, empezó a resonar en mis oídos la música de verano azul*. Con una sonrisa de oreja a oreja, pedaleaba por el pueblo y aquellos que en algún momento se detuvieron a charlar conmigo me decían “adiós españa”. Puse rumbo al Yunque de Baracoa, un monte con forma de yunque desde el que, parece ser, podía disfrutarse de unas vistas maravillosas. Cuando llevaba un par de kilómetros me di cuenta de que el sillín estaba muy bajo, seguramente para poder llevar a otra persona sentada en la barra de en medio. A su vez me di cuenta de lo duro que era el metal y le puse la toalla sujeta con un par de cinchas de la mochila para hacer más dulce la travesía. Acostumbrado como estoy a llevar varios piñones y varios platos cada cuesta se me hacía una eternidad cuando picaba hacia arriba y acostumbrado como estoy a llevar ambos frenos, en cada cuesta se me ponían de corbata cuando picaba hacia abajo. En la carretera se veía numerosa gente, andando, en bici, en moto, camión… me crucé con un hombre que se reía de Indurain y Amstrong, pues llevaba sobre su caballo metálico a su oronda mujer y a dos hijos. Los que iban andando siempre tenían un ojo pendiente de que pasase una guagua o simplemente alguien que les llevase en un camión o en un coche. La gente me miraba extrañada de que un yuma como yo no utilizase un medio de transporte más cómodo. Después de un camino que se hacía largo por las incomodidades del asiento llegué al camping en el que no dejaban instalarme, donde me recibió un guarda que me indicó los caminos que podían recorrerse en la zona. Le dije que me interesaba subir al yunque y me respondió que el guía costaba 13 dólares. Le dije que no me hacía falta guía. Repuso que si me hacía falta uno, que era obligatorio. Le dije: ¡¡joder!!. Me respondió como disculpándose ¡ya!. Pregunté por otros itinerarios y me habló de unas cascadas que había a 10 minutos andando. Le dije que entonces iría allí. Me respondió que vale, que eran 9 dólares. Le dije ¡¡joder!!. Me respondió nuevamente con cara de cordero degollado ¡ya!. Le pregunté por el Parque Nacional Humbolt, diciéndole que como suponía que necesitaría un guía, por lo menos que fuese uno que pudiese explicar numerosas cosas a un biólogo como yo. El me dijo que en Baracoa fuese a la biblioteca a hablar con Ramón, que además a los biólogos que vienen de visita el parque en ocasiones ofrecían facilidades y guías especiales, por lo que yo terminé pasando del Yunque entusiasmado con la idea de que iba a ver bien el Parque Nacional. Así que, aprovechando que tenía la bici, decidí perderme por las carreteras Baraconenses. El aspecto del paisaje coincidía exactamente con la idea que tenemos de zonas de cultivos en países tropicales, con mujeres cargando cestos en las cabezas, cultivos de mangos, cacao, aguacates, café, cocoteros…, todo enmarcado en un bosque muy verde, con caminos muy marrones, por donde cruzaban aves de muchos colores. Parecía que paseaba por el dibujo de un niño de ocho años. Sólo el río Toa, el más caudaloso de toda Cuba, salía de ese cliché. Su cauce presentaba un aspecto grisáceo debido a los sedimentos volcánicos que arrastraba desde su nacimiento, allá por las cuchillas del Toa, lugar que espero visitar algún día que no haya una dictadura que te lleve por caminos de parvularios. Me detuve en uno de sus remansos para refrescarme. Allí también acudieron tres mujeres a refrescarse los pies con las que estuve charlando durante un rato. Al verme la cámara me pidieron que les hiciese una foto, les dije que de acuerdo y me dispuse a montar el flash diciéndoles que tenían que posar como estrellas de cine, algo que no hacía falta decir, pues los cubanos son muy coquetos y en cuanto ven una cámara ponen pose de modelo. Este es justo el tipo de fotos que a mi no me gusta tirar, pero a ellas se las veía privadas y en cuanto saltó el flash volvieron al mundo de los guajiros y tornaron a recoger cacao.

Al atardecer regresé a Baracoa, exceptuando mi culo que se había quedado en algún punto del camino. Al bajar de la bici aparentaba Jonh Wayne* con almorranas y me senté en el porche de la casa. En la calle jugaba consigo mismo Alejandro, el nieto de la rubia, así que hice un esfuerzo por levantarme y me puse a jugar con él a la pelota (beisball) que es el deporte favorito de los cubanos. Esto es algo que me gusta de Cuba, debe ser unos de los pocos países latinoamericanos que cuando dices que eres de Madrid no te dice “Ah Real Madrid, Raúl, Zidane”, de hecho me dijeron más veces El prado que Real Madrid. A Alejandro le gustaba ver los dibujos de los power ranger y estaba bastante mimado por su abuela que era todo un personaje, era la matriarca. Todos la llamaban la rubia, pero creo que se llamaba Emma, aunque algunos también la decían Dingo, pero nadie por su nombre. Era viuda (por eso en la casa no había ninguna escultura hiperrealista similar a las de Santiago de Cuba) y sólo le quedaba un hijo, el que sacó la bici, viviendo en su casa. Recibía numerosas visitas y ella daba consejo a mucha gente. Creo que Coppola se basó en ella para realizar “El padrino”*. Me volvió a invitar a cenar lo mismo que el día anterior diciéndome “como ayer te gustó pues te he guardado un poco”. “Que bien, gracias, jejeje”, yo me lo comí, total y aunque pareciese increíble, no me había dado diarrea ni me había sentado mal. Un poco después me fui a la cama, estaba hecho polvo. Entre sueños escuché a Anabel hablando con la rubia. “¿Anda déjame entrar a ver a mi novio?”, “No Anabel, no dejo que entren chicas y lo sabes!”.


* Serie veraniega mítica de televisión española dirigida por Antonio Mercero que han repuesto casi tantas veces como la película navideña de la nota anterior. España entera lloró cuando murió Chanquete. Aunque yo siempre la recordaré por la revelación que me supuso saber que el nudismo debía tomarse como algo normal, como cuando se despelotó Javi. En los créditos iniciales, la pandilla iba en bici silbando la pegadiza melodía a la que hago referencia.

* Actor estadounidense que protagonizó innumerables películas de vaqueros y que de tanto ir a caballo, terminó andando como ellos. Para mi gusto siempre se minusvaloró su calidad interpretativa, para muestra “Centauros del desierto” (The Searchers) o “El hombre tranquilo” (The Quiet Man), ambas de John Ford.

* The godfather, Francis F. Coppola. Película tan mítica sobre la mafia que hasta ésta ha adoptado entre sus expresiones frases de la película, por ejemplo, “Le haremos una oferta que no podrá rechazar”.

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1 Comments:

Blogger Marga F. Rosende dijo...

Bonita imagen la de pasear por un dibujo de un niño de ocho años, como que se ve,,,,

12:01 PM  

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